Calle Amberes

"Esta pequeña calle porteña de adoquines que comparte el nombre de un puerto, de un libro y de una cerveza, quizás nos de la posibilidad de no sentirnos tan solos…"


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“El día que me clavé un tornillo en el zapato”

El día que me clavé un tornillo en el zapato la directora del colegio comía un sándwich de ensaladilla rusa cuya mayonesa chorreaba abundantemente por la comisura de sus labios.

Ocurrió de súbito: caminaba por la calle en dirección a la puerta de entrada cuando lo pisé, y nunca se me habría ocurrido pensar que un objeto en forma de sin fin podría incrustarse de una manera tan limpia, tan rápida, tan sutil… Atravesó la suela y me rompió la piel. Un tornillo.

– Tendré que llamar al SAMUR -dijo la directora saboreando su sándwich mientras el resto de profesores presenciaba la escena tomando el desayuno-.

– A ver, qué remedio -apostilló la secretaria-. Ahora un bedel menos. Lo que nos faltaba.

Mientras yo intentaba recuperarme en la conserjería, en el comedor reinaba el silencio. Era lo más normal después de que el resto de profesores hubiera perdido toda esperanza de mantener una conversación tranquila, una charla de café sin mayor trascendencia en la que ningún jumento metiera su hocico para corregir cada uno de los comentarios. El día a día se había convertido en una tediosa espera donde los miembros del claustro contaban las horas, los minutos y los segundos que les quedaban para salir corriendo del “presidiocole”, como lo llamaban, en que el equipo directivo había convertido el centro.

Pero volvamos a mi pie. Sangraba. Dolía. Mucho. Y el SAMUR no llegaba. ¿A quién se le ocurrió dejar la responsabilidad del aviso a los servicios sanitarios en manos de alguien que las tenía metidas hasta la muñeca en mayonesa? ¿Cómo podía esperar yo que una “di-rec-to-ra” perdiera su preciado tiempo en asunto tan nimio como el que me ocupaba?

Mi compañero intentaba, sin éxito, extraer el objeto con un destornillador. A cada vuelta que ejercía, mi pie, mi cuerpo y mis entrañas experimentaban tal sensación que la extremidad entera dejaba de ser parte de mí para perderse en una nebulosa infinita que me dejaba sin respiración.
– ¡Oh, dios mío! Me lo van a tener que amputar.

Sonó el timbre y los niños volvieron a sus aulas. El claustro al completo acudió al refugio de las cuatro paredes. Allí suponían que sus palabras acaparaban la atención de los alumnos sin saber que, detrás de la puerta, siempre podía haber un oído ajeno -ventosa inmunda- al acecho de argumentos que poder guardar en su bolsa de los prejuicios y contar a los cuatro vientos cuando su ignorancia quedara al descubierto-.

– Te va a doler un poco, pero no te preocupes. A ver, el brazo, que te tengo que pinchar un momentito. Tranquilo, respira… Ya está. Vale. ¿Estás mareado?
– Un poco…
– Te acabo de poner la antitetánica.
– Vale.
– Vamos al 12 de Octubre. ¿Quieres que llamemos a alguien?
– No. Bueno, mi mujer es que está trabajando. Ya la llamo luego.
– Como veas. Probablemente te tengan que anestesiar para quitártelo. ¿Eres alérgico a algún medicamento?
– ¿Me van a cortar el pie?
– Sí, con una sierra de marquetería.
– ¡¿Cómo?!
– Que es broma, hombre…

Me desperté tres horas después en la habitación del hospital, envuelto en un estado de felicidad y bienestar como nunca había experimentado. Con tal resaca de anestesia, me costó asimilar que todo estaba en su sitio, incluso mi pie.

– Menudo susto me has dado -dijo mi mujer dándome un beso-.
– Ay, cariño… Que ni me he enterado; vaya cosa más tonta.
– Ha llamado la directora del colegio.
– Ah…
– Que cuándo vuelves.

– Lola Gabaldón
http://eldiaquemeclaveuntornilloenelzapato.blogspot.com.es/

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“Like A Madeleine”


La exquisita voz de Victoria nos cuenta sobre las dudas de la espera y el desafió de decidir hasta cuando.


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“Pride”


Con sutileza los ritmos electrónicos de Lola Gabaldón invitan a un viaje que permite dejarse llevar y sentirse orgulloso de ser uno mismo.


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“El último Elvis”


El último Elvis no tiene cintura.
Es rey de un cementerio de heladeras.
Su tiempo corre y prepara el gran salto.
Llena su cuerpo de sándwiches de pasta de maní y bananas.
Me gusta su Fairlane aerodinámico, su voz, los pilares de su portal.
El tipo eligió vivir lejos de Memphis y cobrar en pesos.
Tiene un plano, tiene un plan y los sentimientos controlados.
Es bueno su acento cuando habla el inglés.
Me meto en su vida de trans-vida y el último Elvis es eso, último.
Cuenta dólares, cierra cartas, su portal y vuela a cerrar su destino.
La película termina, me emociona, por un rato solo pienso en él.
Me queda esa imagen, miles de heladeras hechas mierda,
y una espalda ancha, moviéndose allí, desafiando la podredumbre.

Alberta


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“No en mi sueño”


Es tan sórdido el mundo. Vos no. ¿Por qué este dolor, por qué este tránsito pesadísimo donde duerme la felicidad?
Viajé nocturnamente alada por la garganta de los demonios, poetas promiscuos, novias putas y dolientes porque no me tienen ya, porque nunca me tuvieron como vos me tenés, apretada en el hueco de tu mano, mirándote a los ojos enlutados, diciéndome que sí con toda el alma y dejándome libre.
Anoche no pude detener los fantasmas, me cercaron sobre la cubierta de un barco.
Mamá no aparecía, se la habían llevado de una forma violenta.
Recogí un serrucho y salí. Golpée con él rostros bosquianos. Era un banquete de bodas. Al cortejo lo integraban marineros y travestis. War Mentaria maldecía mi sueño, loca furiosa (el rostro transfomado por la ira) me señalaba con un dedo filoso y gritaba:
“Diez cucarachas en tu cama.”
La cofradía de poetas restablecidos a la truchada del mundo capitalista le sobaba el borde chancro a la poetisa mayor. Le recitaba sus propias basuras al oído lúbrico y yo veía como la teta izquierda de la Gorgona culminaba en dos pezones.
Me desperté gritando, ahogada sobre un plato de pescado y aceitunas. Había intentado sobrevolar la mesa, la torta de los novios, pero no había podido.
Vos jamás apareciste en mi sueño.

Vicky Vanoni

 

La foto que ilustra el texto es de la fotógrafa norteamericana Francesca Woodman, cuya obra vale la pena conocer.


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“Tom Jones”


La primera vez que ví a Tom Jones tenía doce años. El tipo sonreía desde la tapa de un long play, vestido con jeans, un cinturón de cuero ajustado y una camisa abierta hasta la mitad del pecho peludo.
El disco era de Celeste y lo había comprado con su primer sueldo. Ella puso a sonar su música en el combinado que estaba en el living. Empezó a bailar sola, descalza, mientras mi hermano y yo la mirábamos sentados en el suelo. Celeste tenía más de veinte años y era hermosa.
El día que llegó a casa, acompañada de sus padres que eran amigos de los míos, casi no habló. Hacía poco se había recibido de Perito Calígrafo. Vivía en un pueblo cercano a la capital. La habían contratado para trabajar en la Justicia. Se quedaría con nosotros al menos por un tiempo.
Esa tarde me lo pasé repitiendo; perito calígrafo, perito calígrafo, perito calígrafo. No sabía que significaba pero quería pronunciarlo correctamente. Al tiempo entendí que su trabajo era estudiar la letra de la gente. Cualquiera te podía imitar la firma en un cheque o en un testamento y quitarte la plata. Ella era capaz de reconocer lo falso de lo verdadero y mandar a los estafadores a la cárcel. Ya no quería las piernas biónicas de Lindsay Wagner. Solo necesitaba una lupa. Quizás Celeste me permitiera que la ayudara.
Varias cosas me producían miedo; la maestra de matemáticas, la oscuridad, los terremotos y el cuadro de Jesús que estaba en la pieza de mis padres. Decían que el cuadro era milagroso. Mi madre lo había traído cuando yo tenía seis años luego de mi operación de amígdalas.
De la operación recuerdo el momento en que me pusieron una mascarilla con un olor dulzón. Luego el sueño pesado, unas enfermeras corriendo y una bolsa de sangre colgada sobre mi. Un gusto raro en la boca y mi madre llorando a un costado. Había tenido una hemorragia grave mientras dormía. Vómitos de sangre, eso me dijeron y que ese cuadro me protegería para que cosas como esas no volvieran a suceder.
Celeste también me daba un poco de miedo, pero mezclado con curiosidad y admiración. Me encantaban sus vestidos sueltos de muchos colores y el contraste con su piel que era muy blanca y su mancha grande, color café, en el hombro derecho.
– Mi madre dice que es una hoja de parra, culpa de un antojo- me explicó, una noche mientras se ponía el camisón.
Me dio vergüenza. Ella me daba la espalda y había adivinado que la estaba mirando.
– Pero yo creo que es una hoja de marihuana- continuó y se rió fuerte y también me reí sin saber por qué.
Una tarde mientras comíamos mandarinas en el patio de mi casa, me preguntó si tenía novio.
– No, no tengo- contesté un poco avergonzada – me gusta un chico, pero él no sabe nada-.
– Tonta- me dijo, mientras mordía un gajo- ellos siempre se dan cuenta- continuó y unas gotas de jugo resbalaron desde sus labios hacia el piso.
– Creo que me muero si se entera- respondí.
Comenzó a hablar sobre los hombres. Dijo que había conocido a muchos y que los hombres preferían a las mujeres con calle y que en todo caso siempre era mejor fingir que decir la verdad.
– Vos no sabés besar ¿no es cierto?- me preguntó.
Contesté que no con la cabeza.
– Es fácil, como chupar una naranja- dijo.
Entonces Celeste se aproximó. Sentí sus labios y eran suaves. Ella me separó de un empujón y se rió y se rió y me dijo que me había convertido en una chica con experiencia.
Durante los años siguientes Celeste tuvo varios casos en la Fiscalía, cada vez más importantes. Casi estaba segura de seguir sus pasos. Seguimos escuchando a Tom Jones. Luego nos mudamos a la casa nueva y Celeste ocupó el cuarto de huéspedes. Ya no pude nunca más contemplar su rostro dormido.
Me asusté cuando sangré por primera vez. Pensé que era un castigo divino. Hacía meses que me escapaba de la misa y me quedaba en la plaza, esperando que se pasara el tiempo. Celeste me encontró llorando en el patio. Fue ella quien me explicó que eso era normal, que tenía que estar contenta porque era parte de la evolución y que me había convertido en una mujer.
Poco tiempo después ella se mudó a un departamento. Me prometió que seguiríamos en contacto porque me consideraba una amiga. Me dio mucha tristeza.
Solo nos vimos unas pocas veces. En cada encuentro la veía cada vez más sofisticada. Comenzó a fumar unos cigarrillos finitos y había abandonado sus vestidos largos por minifaldas y pantalones muy ajustados.
Para mi fiesta de quince años me trajo de regalo un oso de peluche de medio metro de altura. Vino acompañada de un abogado. Era su amigo íntimo, dijo. En algún momento, durante la fiesta, me dio su lápiz de labios y un porro como souvenir, según sus palabras. Los guardé en mi caja de música bajo llave.
Hacía tiempo que no tenía noticias de ella y ya estaba en la facultad cuando me enteré de que Celeste había muerto, de una sobredosis de cocaína, sola en su departamento.
La encontraron sus padres tres días después, preocupados porque no contestaba el teléfono. Dicen que estaba tirada sobre una alfombra, desnuda, boca abajo.
Tom Jones canta en la radio mientras manejo hacia el trabajo. En mi cabeza sigue sonriente y peludo. Paro en el semáforo. El viento agita los árboles. Unas hojas secas caen sobre el parabrisas.

María Insaurralde


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“Vivo en Montera”


Desde Madrid nos llega una historia de la calle Montera donde el deseo se vende a pasos de la Gran Vía.

Un tema de Lola Gabaldón (compuesto e interpretado con Enrique Lozano), puesto en juego únicamente en sus voces.


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“Blasones”


Mis blasones. Este amor. Aquel odio.
Mis heridas de guerra. Mi vida.
Lo sustancial y sin diploma. Lo anti-diplomático.
Un ramo de jazmínez atravesando el marco de tu ventana.

Vicky Vanoni


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“Mirando atrás en sueños”

El Maestro Benchuya mirando atrás en sueños y tocando jazz con su trío en el “Terapeuticum” del barrio de Saavedra.


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“Cambiamos”


Hay vértigo en la sensación de cambiar no sólo de piel, sino totalmente de envoltorio y contenido. Cambiamos por otro nuevo ser. Nacemos del dolor hacia una plenitud que, si no llega, al menos habremos vislumbrado; como se avizora un paraíso perdido detrás de pesadas cortinas de escenario o entre los pliegues de una cama gigantesca con docel.
Somos extraños y nos enamoramos de nosotros mismos ahora renovados.

Vicky Vanoni